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Las consecuencias psicológicas de la violencia de género en los menores.

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3 junio 2020

AUTORES

  1. Gemma Cordero Giménez. Residente de Psicología Clínica. Centro de Rehabilitación Psicosocial Nª Sra. del Pilar, Zaragoza.
  2. Cristina Soler González. Psiquiatra. Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza.

RESUMEN

La violencia de género es una de las principales lacras que acecha nuestra sociedad hoy en día. Las mujeres que viven y sobreviven a estos episodios violentos tan traumáticos padecen una afectación a nivel físico, psicológico y/o emocional y precisan, por parte de los profesionales de la salud, de unos cuidados específicos para casos de violencia doméstica centrados en la psicología del trauma y potencialmente enfocados en las teorías de la resiliencia. Es importante tener en cuenta, cuando en estos núcleos familiares hay menores, si existe algún tipo de afectación en el rol materno o paterno de los progenitores y qué tipo de cuidados se les están ofreciendo a esos menores. Abordaremos, también, las consecuencias que ha tenido para el menor el haber vivido en un hogar donde las experiencias traumáticas eran más frecuentes que las experiencias de placer, seguridad y bienestar propias de lo que entendemos por un hogar.

PALABRAS CLAVE

Violencia doméstica, experiencia traumática, apego, relación diádica, self.

INTRODUCCIÓN

En cuanto a la discriminación de género encontramos que, la violencia contra las mujeres, es la consecuencia más frecuente. Según Amnistía Internacional (Internacional, s.f.)1, los datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito exponen que, en 2017, un 58% de las mujeres que fueron asesinadas, lo fueron por sus parejas, exparejas o familiares. Según las OMS, el 35% de la población femenina ha sufrido algún tipo de violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o de otro hombre. En muchos hogares, la lacra de la violencia se sufre día a día tanto en forma de violencia física, sexual o psicológica.

 

La convivencia diaria de estas mujeres con sus maltratadores les acaba generando desde consecuencias en su salud física (como lesiones traumáticas, afecciones genitourinarias, síntomas inespecíficos, alteraciones gastrointestinales, etc.) hasta consecuencias en su salud mental (como alteraciones en el estado de ánimo, trastornos cognitivos, culpa, desesperanza, trastorno de estrés postraumático o incluso el suicidio) (Walker, 2012)2. Dentro de todas las alteraciones que sufren las mujeres sometidas a experiencias de maltrato, nos queremos centrar en aquellas que pueden afectar a su rol como madre y a las consecuencias que estas vivencias traumáticas pueden generar para establecer una adecuada formación de la relación diádica de los pequeños tanto con su padre como con su madre. Abordaremos las secuelas que pueden sufrir los menores debido a la dificultad de sus progenitores para ser capaces de establecerse como una base segura (en la que los hijos puedan sostenerse para iniciar la exploración del mundo que les envuelve); además también queremos centrarnos en las consecuencias traumáticas que puede conllevar un ambiente familiar hostil y lleno de violencia para los menores.

 

Por desgracia, los menores que viven en hogares en los que la violencia tanto física como verbal o psicológica está a la orden del día, acaban padeciendo también esa violencia ya sea de forma directa o indirecta. La exposición de los menores a la violencia de género puede generarse de diferentes formas; puede ser porque el menor está presente cuando surge el episodio violento, porque el pequeño está en otra habitación escuchando la problemática familiar o porque el nivel de tensión y de ira acumulada en el progenitor agresor le hace presentir que va a suceder un episodio violento.

 

Sea cual sea el nivel de implicación en los estallidos violentos, lo cierto es que las consecuencias a nivel psicológico de vivir experiencias traumáticas a una temprana edad, se hacen patentes en los pequeños. Entre ellas encontramos: problemas escolares (como alteraciones en la concentración, la atención o un bajo rendimiento escolar), también dificultades a nivel de socialización (ya que los menores pueden manifestar conductas de aislamiento, inseguridad o, por el contrario, un fuerte componente de agresividad expresada). Manifestaciones de estrés postraumático (en forma de insomnio, pesadillas, ansiedades, fobias, episodios disociativos, etc.), también pueden estar presentes en estos niños (Ballester, Perez-Carrillo, & Perez-Carrillo, 2013)3.

 

Obviamente, otro de los focos a los que, como profesionales, tenemos que prestar atención es la sintomatología afectiva (episodios recurrentes de tristeza, llanto, anhedonia, aislamiento, etc.), las alteraciones en el manejo y regulación emocional, chequear la internalización que, el menor, ha hecho de los roles de género y si presenta ideación tanática (Lopez-Soler, 2008)4.

 

Frente todo a este despliegue sintomatológico, es fundamental prestar atención a aquellos factores de riesgo que pueden conducir a que los menores presenten alguna de las alteraciones psicopatológicas anteriormente descritas.

 

Entre estos factores de riesgo encontramos: aquellos niños que, además de vivir la violencia entre sus padres, son también víctimas de maltrato; la presencia de alteraciones psicopatológicas en alguno o ambos de los progenitores que pueda conllevar alteraciones en el vínculo diádico, en el estilo de apego y en el proceder educativo; la dureza y cronicidad de la violencia doméstica; si el niño es o no partícipe de esos episodios violentos o si le transmiten que es el “culpable” de la misma, triangulando al menor; dificultades socio-económicas familiares y ambientes sociales empobrecidos; el manejo que se realice de los conflictos familiares y la manera de comunicárselo a los hijos puede influir en la percepción que éstos generen de las relaciones interpersonales; cuando el menor está viviendo una situación de negligencia en los cuidados paterno-filiales, no puede tener cubiertas cualquiera de sus necesidades básicas (físicas, sociales, psicológicas o emocionales) y no disponen de alguna otra figura de referencia que les pueda ofrecer una base de apego seguro y fomente su capacidad de resiliencia; la rapidez y eficacia de las instituciones responsables de atenderlos y, para finalizar, también encontramos las propias características de los niños (como la edad, el temperamento, las habilidades sociales y cognitivas que presente, la capacidad de autorregularse y/o pedir ayuda, la interpretación que realiza de su realidad, etc.). Así pues, en los menores sometidos a estas experiencias traumáticas puede aparecer tanto sintomatología física, psicológica como comportamental.

 

Desde la neurobiología, se establece que el desarrollo psicológico y cerebral del menor se realizará sobre la base de una adecuada sintonización afectiva con sus figuras de apego; de esta forma, unos cuidadores que sintonicen adecuadamente con el menor le facilitarán que vaya identificando y expresando sus emociones. Este vinculo afectivo del adulto con el niño, para que sea seguro deberá hacerse de forma continua y estable, además de con cierta permanencia con el mismo cuidador o con un número limitado de figuras de referencia que sean predecibles y sensibles a lo que pueda necesitar el menor y en un ambiente libre de estrés.

 

Bajo estas experiencias traumáticas y cuando en la relación diádica surgen dificultades severas, para el menor será mucho más complejo el poder iniciar una identificación gracias al otro para pasar a una identificación propia. Stern (Stern, 1985)5 ya planteaba una clasificación en relación a la formación del self en los primeros años de vida, gracias a las relaciones interpersonales. Para él, el recién nacido (0 a 2 años) posee un self emergente en el que va generando un sentido del sí mismo gracias a los datos recogidos a través de sus sentidos; de los 2 a los 6 meses aparece un self nuclear gracias al cual va tomando conciencia de su propia intencionalidad; de los 7 a los 15 meses aparece un sí mismo subjetivo gracias al cual el niño observa que hay otras mentes además de la suya; de los 15 meses a los 18 aparece un self verbal con el que puede comprender y producir lenguaje para, a posteriori, surgir el self narrativo que generará la narrativa autobiográfica. De esta forma, el orden y la integración con la que se va gestando el sentido del sí mismo se realizará gracias a la díada paterno-filial y a la toma de conciencia que realice el adulto de las necesidades del pequeño. Esta relación diádica que fomenta la integración y crecimiento del menor puede verse alterada en casos traumáticos como aquellos que viven los menores expuestos a la violencia de género.

 

Janet ya apuntó una definición del trauma psíquico como una exposición a un acontecimiento estresante inevitable que sobrepasa los mecanismos que posee el sujeto para afrontar la situación; sujetos traumatizados se sentirán sobrepasados por sus emociones y, sus recuerdos, no podrán integrarse en una narrativa.

 

Autores más contemporáneos como Lazarus (Lazarus & Folkman, 1984)6 también expresaban que el estrés es cuando el sujeto percibe su contexto como superior a sus propios recursos. Estos menores que sobreviven con una fuente de estrés constante en su día a día debido a las explosiones de violencia de uno de sus progenitores, pueden llegar a presentar cierta dificultad para integrar en sus narrativas lo que les está pasando y la posición que deberían ocupar ellos en dichos conflictos familiares.

 

El impacto que poseen los acontecimientos traumáticos en este periodo vital temprano puede llegar a ser dramático puesto que es una etapa en la que el individuo está en pleno desarrollo, tanto de su sistema neuroendocrino como inmunológico y precisa, para ello, ciertas condiciones de estabilidad y protección por parte de sus figuras de referencia.

 

Cuando los menores sufren episodios traumáticos, se generan una serie de toxinas derivadas del estrés que pueden afectar a su neuroplasticidad y hacer al sujeto más vulnerable a posibles psicopatologías futuras. Autores como Siegel nos hablan de los efectos de un entorno hostil o abandónico en el desarrollo de la identidad del sujeto.

 

Para Siegel (Siegel, 2012)7, el desarrollo cerebral es conseguir la complejidad del sistema con el equilibro entre la diferenciación y la especialización de los circuitos cerebrales y la propia integración; sistemas que están bajo condiciones estresantes o traumáticas se dirigirán o bien hacia la rigidez (frenando la diferenciación) o bien hacia el caos (frenando la integración).

En cuanto a los diferentes tipos de traumas psíquicos, Kira y cols. (Kira, Lewandowski, & Templin, 2008)8 proponían dos clasificaciones de éstos; la primera es en relación a las áreas de funcionamiento individual y a la afectación en la función del desarrollo involucrada (apego, identidad, interdependencia, autorrealización y supervivencia física) y la segunda según las características de los eventos traumáticos (trauma interno, trauma debido a la naturaleza y trauma provocado por un humano -entre los que se incluyen los de un solo episodio provocado o los episodios repetidos, como el trauma complejo (en el que la exposición repetida al evento traumático generará una acumulación de estrés y la probabilidad de una respuesta patológica).

 

Otro autor, Schore (Schore, 2001)9 planteó otro término muy utilizado en la actualidad llamado el trauma del desarrollo o trauma relacional. Según él, este tipo de trauma se genera con experiencias prolongadas de estrés elevado en las relaciones interpersonales asociadas a un miedo extremo y a una alta carga emocional de la situación vivida. Destacan entre estas experiencias: el abuso emocional, el físico, el sexual y la negligencia. Lo que sucede en este tipo de casos es que la suma de todos estos factores genera una falta de sintonización afectiva del pequeño con sus figuras de referencia y unas relaciones interpersonales disfuncionales entre los cuidadores y el niño con el consecuente fracaso de los adultos de prestar la atención y los cuidados óptimos y necesarios en cada situación y la incapacidad de ofrecer una respuesta adecuada a las necesidades físicas, psicológicas o emocionales particulares del menor en cada situación.

 

A pesar de que, cuando se habla de trauma relacional, podemos pensar en grandes experiencias traumáticas, éstas también pueden ser menores, sutiles pero repetitivas que van incidiendo en la formación emocional del sujeto en desarrollo. En estos casos, el niño, para compensar las experiencias perturbadoras de la relación diádica, puede utilizar mecanismos de protección como la disociación o la identificación proyectiva.

 

Cuando estemos frente a un caso o posible caso de violencia doméstica, la entrevista que los profesionales de la salud realizarán al menor tendrá como objetivo el facilitar al niño la verbalización de sus emociones (entre las que podemos encontrar la culpa, la ira, la tristeza, la posible ambivalencia acerca de lo que está viviendo en su núcleo familiar, etc.).

 

Además, deberemos evaluar el nivel de aislamiento que presenta tanto la familia como el menor y si cuentan con los apoyos suficientes y necesarios de los servicios sociales. En todo momento se le ofrecerá la visión acerca de que en los episodios de violencia que se están produciendo en sus hogares, ellos no deben cargar con ningún tipo de culpabilidad ni tienen ningún grado de responsabilidad de que estén ocurriendo y se les enseñarán técnicas de autoprotección y de búsqueda de soluciones (siempre adaptadas a su edad) en caso de que, en algún momento, se sientan en peligro y necesiten solicitar ayuda externa. Aunque ya sería relacionado con otro tema, si el menor puede necesitar sesiones de psicoterapia, tal y como nos plantea Siegel, éstas se realizarán como una forma de promover la complejidad, tratando de desatascar aquello que bloquea al pequeño y facilitando que pueda autoorganizar y construir una propia narrativa de lo sucedido.

 

Como conclusión entendemos pues que es fundamental, al realizar la atención a un menor que vive episodios de violencia doméstica, evaluar cualquier daño que se le haya podido producir y promover un trabajo en red con los profesionales que van a atender tanto a la familia como al menor para abordar y atender de la forma más adecuada cada caso.

 

BIBLIOGRAFIA

  1. Internacional, A. (s.f.). Obtenido de https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/espana/violencia-contra-las-mujeres/
  2. Walker, L. (2012). Síndrome de la mujer maltratada. Desclee de Brouwer.
  3. Ballester, S., Perez-Carrillo, E., & Perez-Carrillo, M. (2013). Maltrato. Tú puedes con él (Herramientas psicológicas, legales y físicas contra la violencia de género). Juventud.
  4. Lopez-Soler, C. (2008). Las reacciones postraumáticas en infancia y adolescencia maltratada: El trauma complejo. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 159-174.
  5. Stern, D. (1985). El mundo interpersonal del infante: una perspectiva desde el psicoanálisis y la psicología evolutiva. Buenos Aires: Paidós.
  6. Lazarus, R., & Folkman, S. (1984). Stress, Appraisal and Coping. New York: Springer.
  7. Siegel, D. (2012). El cerebro del niño. Barcelona: Alba.
  8. Kira, I., Lewandowski, L., & Templin, T. et. Al. (2008). Measuring cumulative trauma dose, types and profiles using a development-based taxonomy of traumas. Traumatology, 62-87.
  9. Schore, A. (2001). The effects of Early Relational Trauma on Right Brain Development. Infant Mental Health Journal, 7-66.